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MARTIN GINER
Autor y director argentino, nacido el 21 de mayo de 1975 en Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires. Obtiene la Licenciatura en Teatro en la Universidad Nacional de Tucumán.Integra diferentes elencos: "La jirafa", grupo de teatro universitario; participa del elenco estable de la Provincia de Tucumán, en "Silfos, Calavera Teatro". Como autor tiene estrenadas las siguientes obras: "De personajes y otras gentes", "Verduras imaginarias", "El tramitante: odisea burocrática" todas en el Teatro Alberdi. "La verdá del eférico", en espacios no convencionales y "Terapia..." que obtiene el Premio de la Fiesta Provincial de Teatro. "75 puñaladas: El caso de un sospechoso suicidio."

-¿Qué es el humor?
-Una forma de decir las cosas. Podés expresar algo, pero que te escuchen no depende de que sea cierto o no, sino de cómo lo digas. En mi caso, trato de hacer humor inteligente. Se trata de una definición, un rótulo, no de una pedantería, a la que recurro para señalar que me propongo hacer reír, pero sin usar malas palabras, dobles sentidos ni chistes que ya están hechos. Primero, algo tiene que hacerme gracia, no lo pongo porque sé que es gracioso. El chiste no tiene un funcionamiento mecánico: tal pie y tal remate no dan necesariamente como resultado la risa.

-El humor puede ser una poderosa crítica social...
-Sirve como herramienta para que te escuchen. Pero no me considero un crítico social. Si ahondo en un tema o concepto es, simplemente, porque a mí me gustan. Por ejemplo, en "Terapia..."; trabajé sobre los roles establecidos: "usted es el paciente y yo, el doctor". Nacemos así y, a veces, no hay posibilidades de elegir. No obstante, no busco que el espectador lea lo que tengo en la cabeza. El hecho de que escriba no me autoriza a decir qué está bien y qué mal. Aunque suene egocéntrico, ahondo en lo que me interesa y no con la intención de que la gente salga mejor persona del teatro; no soy quién para cambiarles la vida. No persigo una pretensión social reformadora.

-En cada obra, ¿se propone reflejar la realidad?
-Sí, porque escribo aquí y ahora; la diferencia es cómo relato, con otros espacios y personajes, no de forma tan evidente. El teatro no tiene una función moralizadora, sí reflexiva, en todo caso. Pero en el teatro ya no hay lugar para las moralejas. Me obsesiona la idea de que la gente está atrapada en el rol que le imponen; ese es el discurso social, que lo formamos todos y que se impone a todos. Busco los personajes que están condenados a hacer lo mismo. ¿El crea esos condicionantes o está atrapado en ellos? ¿Qué es primero: el huevo o la gallina?

-Ese sentido de la fatalidad, ¿es por la situación argentina o cree que pensaría lo mismo si viviera en otra realidad?
-Según uno de mis personajes, la humanidad está atrapada en un círculo, que la obliga a volver siempre al mismo punto. Es una mirada un tanto pesimista, pero trabajar con el humor da esa licencia. Mis obras nunca terminan bien; mis personajes son oprimidos que no logran insertarse, siempre están aislados. Será porque sufro esas cosas y las exorcizo de esa manera. El hecho de compartirlas es una forma de descarga, por eso me gusta recibir a la gente en el teatro cortando las entradas. Es una forma de conversar con ellos. Esta visión no cambiaría en otros sitios. En Estados Unidos, en Suiza o en España, que hoy son las panaceas del bienestar, también hay gente que la pasa mal: son expulsados sociales.

-Siendo bonaerense, ¿qué le atrae de Tucumán? ¿Nunca pensó en emigrar?
-No es tan malo irse. No obstante, aunque tengo ciudadanía española-argentina, lo mío está acá. Tucumán me ofrece más posibilidades que Buenos Aires. Como dramaturgo, puedo mandar obras por e-mail. Aquí hay salas y público; nuestro trabajo es convencer a la gente para que vaya al teatro.

-¿Cuál es hoy la función social del teatro?
-La de ser un espacio al que la gente va, se siente, se entretiene, disfruta y después piensa o reflexiona sobre lo que ofreció la obra. Suele asociarse el humor y la comedia con lo banal, con lo que no es inteligente. Incluso, mucha gente del ambiente cree que la comedia es un género menor, que no está a la altura de otros, y que el reírse no es de intelectual. Si es así, estoy muy contento de no ser un intelectual.

Fuente: La Gaceta
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